Un Nobel para Pantaleón

Nos alegramos  todos por muchas razones, querido y respetado Mario Vargas Llosa. El premio Nobel concedido en justicia, tiene variadas lecturas de las que yo intentaré sacar una, verdaderamente entrañable. Es la que refiere el escritor peruano en su obra «Pantaleón y las visitadoras», editada en España a comienzos de los setenta.

La novela, llevada al cine posteriormente, es farsa y apólogo  a la vez que una espléndida sátira y una profunda reflexión moral. Describe cómo el capitán de Intendencia Pantaleón Pantoja recibe la misión de organizar un servicio oficial de «visitadoras» para las guarniciones peruanas del Alto Amazonas, este lugar que siempre hemos soñado  recorrer, el que nos lleva  río abajo, tras veintitantos días de navegación fluvial, a la costa atlántica de Manaus, donde se confunden con el pasado glorioso de la época del caucho, las rojizas aguas del Amazonas, con las mas oscuras del río Negro.

Pantaleón, disciplinado, con visos de preocupante obediencia ciega, –«así se hace carrera y patria»– compone un eficaz servicio, pero acaba ahogándose en la propia maquinaria que construye.

La orden que recibe es sencilla: «La tropa de la selva amazónica anda tirándose a las cholas»; «soldado que llega a la selva, se vuelve un pinga loca»; «trajimos incluso a un dietista suizo que costó una punta de plata,  para ver si se trataba de la alimentación»; «se han dado casos de mariconería y hasta de bestialismo; figúrese que un cabo de Horcones fue sorprendido haciendo vida marital con una mona».

Vargas Llosa describe cómo Pantaleón,  un inexperto en el oficio, recluta «gilas en los sitios mas putañeros de Iquitos» llamados «Mao Mao», «007», o el «Gato tuerto».Cómo organiza minuciosamente, con plantilla aprobada por la superioridad, lo que será el SVGPFA, el Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Fronteras y Afines, que deberá cubrir un «número de prestaciones de tipo marital que cada sujeto requiera mensualmente, para satisfacer las necesidades de su virilidad» en 8 Guarniciones, 26 puestos y 45 campamentos.

Pantaleón llega a regular horarios, turnos, reconocimientos médicos, tarifas, descuentos discretos en la nómina, incluso dota de un himno a su cuerpo, el orgánico, no al cuerpo de las visitadoras, que dice: «servir, servir, servir al Ejército de la nación; servir, servir, servir, con mucha dedicación». Deberá acomodar esta letra posteriormente, porque se agregan al proyecto los marineros de la base de Santa Clotilde –que aportan un barco al que llamarán Eva– y los aviadores de Moronacocha, que lo hacen con un viejo hidro Catalina, de la Segunda Guerra Mundial. ¡Vamos, que sirve por tierra mar y aire! Priva, como se ve en él, un moderno sentido de lo conjunto.

La relectura del Pantaleón de Vargas Llosa me ha recordado –sonrisa en ristre– a la Madelón francesa, la «novia del batallón»  de la Primera Guerra, a las aguadoras y cantineras de las guerras de África, incluso a acontecimientos más recientes. Las aventuras del dietista suizo, que a punto estuvo de matar  de hambre a los soldados del Amazonas peruano, me recuerda a la española «leyenda del bromuro» la supuesta disolución que ponían en el agua para calmar nuestras inquietudes viriles de juventud. Y no hablo de la guerra del catorce. En el Sahara, años setenta, se vivían situaciones que Vargas Llosa podría transpolar a su novela. El Aaiun tenía «cabaret», aparte de garitos más o menos reconocidos. También estaban organizados  turnos y horarios, como en el Amazonas de Pantaleón. Pero en una guarnición del interior como Smara, un respetado e irrepetible Teniente Coronel de la Legión –luego nos lo asesinaría ETA– montó un servicio externalizado de seis visitadoras, destinadas a medida de las características, necesidades y tendencias de sus legionarios.

Y no puedo olvidar cómo en 1990, bajo bandera de Naciones Unidas en El Almendro, departamento de Río San Juan en el sur de Nicaragua, el lento proceso de desmovilización de más de seis mil combatientes de la «contra» debía suspenderse las tardes de los miércoles, tras la llegada de dos o tres autobuses procedentes de Managua cargados de «visitadoras». Salvo algún problema que resolvía  eficazmente el hospitalillo de la Organización Mundial de la Salud, que nos apoyaba, eran tardes tranquilas.

Con la brillantez y riqueza de lenguaje con que lo describe nuestro flamante Nobel peruano, en la narración brota en su más pura esencia el ser humano al que dignifica, a pesar de  sus pecados. Y habla de la generosidad de las «gilas», de su espíritu maternal que cubre carencias y sentimientos importantes.

Un trozo más de nuestra alma –en este caso de soldado– descrito con maestría y buen humor por Vargas Llosa al que sinceramente felicitamos. Y no tan alejado como parece de los sentimientos que vivimos y que bien conocen  nuestros soldados de hoy –hombres y mujeres– a los que recomiendo la lectura fresca y real de los partes de novedades, cartas e informes oficiales del peruano capitán de Intendencia Pantaleón  Pantoja, al que de rebote –«carrera y patria»– también acaban de concederle en Estocolmo el Premio Nobel.

Artículo publicado en “La Razón” el 14 de octubre de 2010

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