Pakistán, ¿el cuarto frente?

A la tragedia por las inundaciones que afectan a varios millones de paquistanís puede seguir otra más trascendental y cruenta: una guerra civil en la que parte del país se declare independiente. La inestabilidad es contagiosa. No es la primera vez que un Estado importa los terremotos sociales y políticos de su vecindad.

Es conocida la influencia de Pakistán en el actual conflicto afgano. Hace más de una década ya apoyó abiertamente al régimen talibán frente a la ocupación rusa. Hoy, jugando con cartas marcadas o, si se prefiere, encendiendo una vela a Dios y otra al diablo, continúa el juego. Su situación de Estado tapón entre Afganistán y la India, zona de tránsito para la alimentación del conflicto desde el mar de Arabia al sur y frontera indeterminada y aleatoriamente permeable en el norte, puede perder la partida por asuntos internos si no sabe dar respuesta adecuada a las consecuencias del desastre natural. Siempre aparecerá la India detrás del telón. Demasiados cruces de etnias y religiones, demasiadas cuencas hidrológicas comunes, demasiadas guerras desde la independencia entre las dos potencias con capacidad nuclear, para mantenerse neutral. Y no se puede predecir a ciencia cierta si las potencias que forman la ISAF verían con buenos ojos una crisis interna que diese suficiente trabajo a sus servicios de inteligencia y a sus políticos para no interferir en las operaciones afganas. Por de pronto, cualquier esfuerzo humanitario de la ISAF será más que rentable, y no solo por el hecho de ayudar a unas poblaciones castigadas por el agua. ¿Se imaginan cómo reaccionaría el mundo musulmán si la coalición internacional suspendiera algunas operaciones en Afganistán para volcarse totalmente en ayuda del pueblo paquistaní?

Repasemos la historia, antes de extraer conclusiones. Siguiendo una constante, la antigua colonia británica de la India que con tanto esfuerzo contribuyó a la victoria aliada en la segunda guerra mundial, alcanzó su independencia en 1947 (India y Pakistán) y 1948 (Ceilán). En el intento de encajar etnias y religiones, y a costa del sacrificio de cuatro millones de desplazados, el imperio de desgajó en tres partes. La central, ocupada por la India; dos franjas separadas 1.600 kilómetros, a oriente y poniente, constituyeron Pakistán, y la isla de Ceilán, desde 1972 llamada Sri Lanka, en el sureste de la gran península del Indostán.

La franja oriental de Pakistán, el rico país del Ganges, no resistió el diseño, ni la distancia física de los órganos de poder paquistanís situados en la parte occidental. El detonante fue un fuerte ciclón que devastó su costa en 1970. Islamabad, la capital paquistaní, no pudo o no supo dar respuesta a aquella tragedia, que dejó medio millón de muertos y desplazó a 10 millones de habitantes. Comenzó entonces una sangrienta guerra civil que costó miles de vidas. No se puede decir que la India estuviese ausente de aquel conflicto y no inclinase la balanza a favor de los independentistas. Estamos hablando de la emancipada Bangladés, séptimo país más poblado del mundo, con una inconcebible densidad de población, bien situada hoy económicamente entre los once próximos países emergentes.

El fenómeno de la escisión podría reproducirse ahora después de los desastrosos aluviones en Baluchistán. La región, situada al sur de Pakistán, de 347.000 kilómetros cuadrados, habitada por algo más de siete millones de habitantes, no solo limita con el Punjab, la región de los cinco ríos y el Sind afganos, sino que alberga una importante puerta de entrada de la corriente que alimenta el conflicto afgano desde el puerto de Gwadar, construido con ayuda china en la amplia ensenada cercana a la frontera con Irán.

El fenómeno de la escisión podría reproducirse ahora en esta región de cultura y etnias muy diferenciadas. Los estímulos podrían venir de las mismas fuentes que lo alimentaron en Bangladés en la década de los 70. Todo dependerá de la capacidad de respuesta del Gobierno de Islamabad y de su poder para solicitar y canalizar la ayuda internacional.

Por supuesto, creo importante no abrir un nuevo frente de guerra -el cuarto- cuando sigue abierto el de Cachemira entre Pakistán y la India, cuando el de Irak es difícil de cauterizar y cuando el de Afganistán está en pleno proceso febril.

Pero alguien debe prever la infección total de la región. Aunque solo sea por preservar la vida de unas gentes que han sufrido demasiado. Aunque solo sea

-egoístamente- para evitar que no vean más porvenir que el de enrolarse en las filas de Al Qaeda o el de buscar la gloria del martirio haciendo estallar cinco kilos de cinturón explosivo en cualquier mercado de Bombay o de Londres.

También nos afectan unas inundaciones. Y no solo lavamos nuestra conciencia mandando dos aviones con mantas y depuradoras. Hace falta una contundente política europea que sepa ver la situación y sus consecuencias. Nos jugamos bastante más que cerrar los ojos para no ver sufrir a unos semejantes intentando agarrarse desesperados al patín de un helicóptero.

Artículo publicado en “El Periódico de Catalunya”

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