Dar la cara

Patética, una vez más, la imagen de los tres etarras posando y pasando un mensaje anunciando una nueva tregua. Ha llovido mucho y se ha sufrido mucho desde aquella que propuso el entonces comandante Ángel Ugarte por encargo de Adolfo Suárez en 1976. Estáticos, agarrotados, aparecieron con este puño izquierdo cerrado por la crispación y el odio, pero sobre todo con sus rostros tapados ante nosotros. Imagino que cubiertos inútilmente para los servicios de inteligencia de Guzmán el Bueno y de la carretera de La Coruña, incluso para los GAR de Logroño. Ni Guardia Civil ni el CNI deben tener dudas a estas alturas sobre quién es ella ni sobre quiénes son ellos. Modificada ligeramente la iconografía, tras haberles desmantelado la Guardia Civil el zulo de Carnac (Francia) a finales de 2009: capuchas en tono marfil en lugar de las blancas de raso anteriores. Quizás sólo duden nuestros servicios del lugar de la grabación, pero lo conocerán en días.

La vía utilizada esta vez fue la de la BBC, quizás a impulso del mediador sudafricano Brian Currin, lo que ha provocado un “cariñoso” ataque de celos del “Gara”, el medio habitualmente utilizado en sus comunicados por la banda terrorista.
Hemos conocido muchas reinserciones y muchas treguas finalizadas con éxito: la “Contra” nicaragüense entregaba armas en la Moskitia o en San Pedro Lovago allá por los noventa; el FMLN, en múltiples puntos de nuestra querida república hermana de El Salvador; la URNG guatemalteca en zonas abiertas decretadas por Naciones Unidas; en Angola, en Mozambique, en Bosnia, en Kosovo, hasta el ELN en las “montañas de Colombia”. Todos cesaban el fuego o entregaban las armas a cara descubierta, como primer indicio de sinceridad o de lealtad, incluso de valor y respeto a sus propios ideales.

No. Pero los etarras no saben dar la cara. Los atenaza el miedo y a la vez les sigue fascinando esta mentira que alimentó su criminal trayectoria de vivir clandestinamente, de ser héroes tapados, que luchan por no sabemos qué libertad de su pueblo. Pero siguen necesitando dinero para pagar todo su entramado en el que conviven células dormidas, con veteranos quemados, compañeros presos hasta Dios sabe cuándo, con inquietos sumandos nacidos en las luchas callejeras, donde la mayor heroicidad está en quemar autobuses, depósitos de basuras, cajeros automáticos o concesionarios de coches franceses. Pero los del rostro tapado y el puño crispado no dicen que dejan de recaudar el “impuesto revolucionario” en sus habituales chantajeados caladeros de fondos, los que les proporcionan cuatro millones de euros anuales para mantener su actividad delictiva. Ni declaran dónde han escondido en zulos y buzones sus “reservas de guerra”.

Creo que no debo extenderme más, porque toda España ya conoce el percal, e incluso una clase política habitualmente a la greña que con tenaz persistencia se acusa mutuamente de nuestros males y desgracias, ha respondido al unísono: “Ya; mensaje recibido; claro: indefinido e irreversible como en el 2006; gracias por recordarnos que hay elecciones en mayo de 2011; por supuesto, ‘compromiso con una solución democrática a través del diálogo y la negociación’; hacéis bien en no recordar el número de comandos detenidos este año; no hace falta que lo traduzcáis esta vez al francés, porque también os entienden al norte de los Pirineos; ¡tenéis mala cara, se os ve con ojeras tras el pasamontañas, cuidaos!”.

Si ya receláis, hasta del cámara que os graba, si sabéis que ni los presos os creen, si habéis perdido el apoyo de un tipo de población que os era afín, si ya no sois útiles a ninguna opción política de cuello, corbata y misa dominical que ha podido utilizarlos como fuerza de choque o de extorsión al Estado, si ya no os queda seminario que pueda alimentar cruzadas inútiles, ¡quitaos de una vez la máscara, que no estamos en carnavales, entregad las armas y pedid perdón por el horroroso daño que habéis causado a cientos de víctimas inocentes!

Seguramente, después, encontraríais generosidad.

Pero no pretendáis nada, hasta que actuéis a cara descubierta.

Y no os llaméis militares porque éstos también luchan a cara descubierta. Como muchos de vuestros “gudaris”, los que sabían dar la cara, incluso frente a la muerte.

¡Venga: dad la cara!

Artículo publicado en “La Razón”

Leave a Reply