Dignidad y legitimidad

Escribí esta reflexión en el  Alcázar de Toledo el pasado martes 29 de junio, tras la brillante y emotiva ceremonia en la que el Ejército entregaba en su XLVIII edición, los Premios que llevan su nombre. Hablamos de cerca de cincuenta años de constante estímulo, de búsqueda de lazos entre la milicia y el resto de la sociedad. Tarde calurosa,  limpia, que coincidía con un trascendental España-Portugal  de fútbol. Las voces de júbilo de  miles de toledanos que se habían concentrado en su plaza de toros, anunciaron el gol de  Villa, obligando al  Jefe de Estado Mayor Fulgencio Coll, a adaptar    –sonrisa en ristre– las palabras que pronunciaba en aquel momento. El gol, el ambiente festivo que se vivía, compensaban otras preocupaciones del general.

Con sensibilidad y rigor, los organizadores entremezclaron premios y premiados con imágenes y actuaciones del pasado y del presente, tomando  como hilo conductor el tema de la Educación Física, cuya Escuela Militar radica desde hace décadas  en Toledo. Y en este marco, se produjeron las emocionantes intervenciones del Coronel  Martínez de Vallejo, una institución olímpica en el mundo del caballo, de los hermanos Alfonso y Felipe Reyes  conocidos jugadores de baloncesto y de la también olímpica Susana Mendizábal actual Decana de la Facultad de  Ciencias de la Educación de Toledo. Orgullosos hijos de militares estos últimos, supieron transmitir como los valores en los que se educaron, les sirvieron para superar obstáculos, levantar desánimos, afrontar retos, sacrificarse, sufrir, incluso en ser modestos en la victoria, siempre vestida de efímeros plazos de caducidad. Las miradas entrañables de sus padres, muy bien recogidas por las cámaras que cubrían el evento, eran toda una lección de pundonor, pero sobre todo de dignidad. Porque lo que se respiraba aquella tarde en el Alcázar toledano era sobre todo dignidad.

En  primera fila, sentados junto a  autoridades autonómicas y locales se encontraban responsables de nuestro Ministerio de Defensa, que previamente al acto, habían marcado  límites a la exposición de un tema tan de todos, como  la defensa de aquel Alcázar  que  nos acogía, y la del Coronel Moscardó director en su momento de la Escuela de Gimnasia que servía de marco a la celebración.

Yo no sé si los testimonios descritos les hicieron cambiar de opinión. No sé si entendieron el mensaje de  Susana Mendizábal, si fueron sensibles a la foto de unos premiados alumnos del   colegio unitario de un pueblito cacereño, el sincero desparpajo de un Alfonso Reyes hablando de las aptitudes matemáticas de su padre, Geodesta Militar, o las agradecidas palabras de un catedrático  autor de un extraordinario estudio sobre la fábrica de cañones de su Sevilla natal.

Yo me preguntaba: ¿qué nos pasa? ¿cómo no  es posible conjugar  política de partido  con  milicia?

Este Museo, llamado con razón del Ejército, nació por la dedicación de muchos compañeros que nos precedieron, celosos en la custodia de nuestra historia. Ya la decisión del  traslado de su sede de Madrid, fue tomada –tiempos de Aznar y de Miguel Ángel Cortés– unilateralmente, sin conocimiento de los responsables de entonces. El general Faura puede dar testimonio de la prepotencia con que  se hizo. Pero asumimos decisiones. Le tocó después a un hombre de Estado, el  ministro Eduardo Serra ejecutar el nuevo proyecto dotándolo  de una buena infraestructura arquitectónica y  museográfica. Doy fe de que se hizo bien, salvando el problema creado por un anterior pacto Semprun-Narcis Serra-Bono que preveía la absorción total del edificio por parte de la Junta de Castilla-La Mancha. La solución costosísima de «subir» la Biblioteca a las últimas plantas del edificio, que obligó a  recuperar volúmenes construyendo un anexo al edificio histórico, procede de este tiempo.

Pero no quiero pensar que siga siendo imposible entendernos. Se ha conseguido en otros tiempos el respetarnos mutuamente, no unilateralmente, no con imposiciones y sumisiones.

Hay que decirlo a las autoridades que nos marcan líneas rojas, especialmente cuando sus méritos y capacidades no proceden de consolidados valores científicos o históricos –no digamos militares– sino son fruto de valoraciones  partidistas  en «agradeciendo a  servicios prestados» por discutibles méritos policiales, esgrimidos desde una delegación del Gobierno.

Si el Ejército, consultada la Real Academia de la Historia, aprobado un proyecto museográfico bien cimentado en estudios de expertos, decide exponer unos temas en su Museo, deben respetarse. Y si en Defensa quieren un museo hecho a su imagen y semejanza, que lo comiencen a reunir. Es cuestión de tiempo.

No sé si los sentimientos de los que he hablado  llegaron a estos asistentes. Tampoco puedo predecir sus reacciones. Me cuesta creer que se sintiesen bien en aquel ambiente. Me cuesta creer, incluso, que sientan  preocupación por lo que pensamos.

Incluso pueden desear crear una fuerte crisis que les de mas méritos partidistas en sus habituales caladeros de votos  y les proporcione cobijo  en próximas legislaturas.

Dignidad y legitimidad bullían en mi mente, cuando David Villa nos hizo olvidar la emoción -y la soterrada  tensión- de aquella tarde en el Alcázar de Toledo.

Artículo publicado en “La Razón”

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