De liderazgos

Se puede engañar a todos durante un tiempo; se puede engañar a unos pocos todo el tiempo; pero no se puede engañar a todos, durante todo el tiempo». (Abraham Lincoln).

Por supuesto, vivimos una crisis económica, pero sobre todo lo que vivimos es una crisis de confianza, de ejemplaridad, de patriotismo, en suma. Nos encontramos ante una crisis de liderazgo al sentirnos engañados, faltos de referentes en quien confiar. Asustan las encuestas sobre intención de voto, en las que arrasa la abstención y el voto en blanco.

Nunca habían proliferado tanto los estudios sobre el liderazgo. No hay «business school» que se precie que no los incluya en sus cursos. Tengo la impresión de que ante su ausencia en nuestra vida política, sindical y social, busquemos paliativos y remedios para llenar el vacío, busquemos, me atrevería a decir, milagros, en quienes se atreven a teorizar sobre el tema.

Si consideramos como componente esencial de liderazgo, la capacidad de influir sobre el entorno social que nos rodea, comprobaremos las propias carencias de saber motivar, de incentivar, de entusiasmar, en las que hemos caído. Y no basta con que nos escudemos en la falta de liderazgo de nuestras clases dirigentes. Una sociedad es una gran pirámide estratificada en niveles de responsabilidad, en cada uno de los cuales ejercen el liderazgo, empresarios, funcionarios, enseñantes y trabajadores. Por supuesto el vértice de la pirámide tiene más responsabilidades que, las de los que forman la base. Pero estos tampoco están exentos de culpa.

«Si piensa desarrollar la excelencia del liderazgo en las cosas grandes, debe desarrollar este hábito en las cosas pequeñas; la excelencia no es una excepción, es una actitud permanente» nos señala acertadamente Collin Powell, el general que habla de un liderazgo «con los pies en el suelo» fruto del esfuerzo, la reflexión y de su amplia experiencia como hombre de Estado. Y se centra en lo que el llama «la gente» cuando dice: «Los planes y diagramas trazados en la pared, no hacen el trabajo; es la gente la que hace las cosas; es la gente la que hace que las victorias sean posibles».

A este concepto de influencia en el grupo se refiere el manual de nuestro Ejército [ME 7-007] cuando –además– añade «sin que ninguno de sus miembros se sienta coaccionado». En resumen, hablamos de arrastrar, de entusiasmar, de conseguir el apoyo por el prestigio adquirido y por el ejemplo. Se trata de conseguir que las personas contribuyan al trabajo de la organización y deseen formar parte de lo que está sucediendo, asumiendo que pueden equivocarse. «Sin valor no hay gloria –nos recuerda Powell– y es más fácil pedir perdón que pedir permiso para todo». «La gente aterrorizada no toma iniciativas ni asume responsabilidades y como consecuencia –las empresas u organizaciones– terminan pagándolo con malos resultados».

He elegido a Powell para hablar de liderazgo, pero podría haberme detenido en los clásicos y en multitud de tratadistas modernos y contemporáneos.

«Toda organización –añade el general– debería tolerar a los rebeldes que le dicen al emperador que está desnudo» frase que entronca con nuestro concepto de la lealtad, sustituido hoy en muchas ocasiones por el políticamente correcto «sí señor» o por el encorsetado voto de los grupos políticos en cortes, asambleas y ayuntamientos. Creo que estamos ante el panorama de una sociedad desorientada que se siente engañada, cuando gran parte de ella se esfuerza y se sacrifica, en el trabajo y en la familia, superando dificultades económicas que derivan en problemas sociales a causa del paro, o de reducciones salariales. Una sociedad situada al otro lado de la trinchera separada de su clase dirigente a la que sólo acude buscando la subvención, el amiguismo o la ayuda, bajo el angustioso paraguas del miedo a perderlos al que antes aludía.

Hemos hablado de influencia, de excelencia, de entusiasmo, de pies en el suelo, de prestigio, de templanza, de paciencia, de cohesión y leemos libros y teorías buscando el tipo de liderazgo que nos conduzca a ellas. Y no lo encontramos porque hemos perdido el soporte de los valores en que aquel debería apoyarse, tales como el sacrificio, la responsabilidad, la discreción en el uso y abuso de bienes y riquezas, las creencias firmes, y la autoridad. Porque hemos perdido el sentido patriótico del bien común. Incluso es posible que a falta de líderes saludables y éticos, encontremos a otros patológicos, inmorales o amorales. La historia está llena de ejemplos aparecidos –precisamente– en períodos de crisis económicas y sociales.

Y nos pasa lo que definió Denis de Rougemont: Una sociedad entra en crisis cuando sus miembros se preguntan ¿qué va a pasar? En lugar de pensar –recordemos también a Kennedy– ¿qué puedo hacer yo por mi país? Nos quitamos de en medio, como si el temporal no fuera con nosotros, esperando que escampe.

Está claro que sólo los valores compartidos por todos los líderes y los liderados constituyen el elemento de cohesión necesario para afrontar los momentos de crisis, como los que vivimos.

Muchos estudios y muchas reflexiones aparecen en estos tiempos, que son de decisiones difíciles, de compleja gobernabilidad, pero también de dar ejemplo, de dar confianza, de incentivar, de buscar la excelencia. ¡Hemos sabido hacerlo en otras épocas!

Artículo publicado en “La Razón”

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