Colombia después de Uribe

El tiempo pasa rápido. Quedan tres meses para la consulta electoral colombiana que decidirá quién debe suceder a Álvaro Uribe, que el 7 de agosto dejará Casa Nariño, la bogotana sede presidencial de la república. Habrán pasado ocho años intensos, con un balance más que positivo. Tras su paso por el Senado, la alcaldía de Medellín y la gobernación de Antioquia, Uribe llegó a la presidencia en el 2002 con cerca de 6 millones de votos, el 54,5% del electorado. Siguió en el 2006 arropado por 7,3 millones de votos, el 62% de los electores . Últimamente su aceptación ha alcanzado, con altibajos significativos, un 68%, cota nada despreciable para los tiempos que corren.

Una decisión del Tribunal Constitucional del 26 de febrero declaró inconstitucional la ley que sometía a referendo una reforma de la Carta Magna que debía permitir un tercer mandato presidencial. Para unos, la decisión judicial representa un varapalo para Uribe. Para otros, es una muestra de su juego limpio y de respeto al Estado de derecho. La sentencia ha producido, además, como una sensación de alivio en el propio Uribe. A sus próximos ,que le animaban a seguir, les puede responder: «He hecho lo que he podido; no ha dependido de mí». Alivio por encima de ansias de perpetuarse en el poder. Lo que ha sabido Uribe es medir los tiempos, jugar con expectativas y posibilidades hasta el último momento y contener el comienzo de la carrera para la presidencia a fin de evitar distraer los esfuerzos de gobierno.

Para las cancillerías extranjeras, el mensaje también es claro. Más preocupado, Washington, el gran aliado, llevaba tiempo moviendo los hilos para apoyar la alternancia. Demasiados vínculos con los paramilitares enturbiaban los proyectos de futuro. No puede olvidarse que quien comenzó la recogida de firmas para provocar el referendo fue el senador Ciro Ramírez, hoy en prisión por sus vínculos con los paramilitares.

Caracas ha recibido la retirada con sabor agridulce. Por una parte, se quita de encima a un enemigo declarado. Las acusaciones mutuas, los rumores de golpes potenciados por uno o por otro, incluso las sospechas de intenciones de atentar contra sus vidas, han sido constantes. Pero el respeto que ha tenido Uribe por la decisión de un órgano judicial de su país pone en dificultades al absoluto dominador de los tres poderes del suyo que es Hugo Chávez. No digo nada de la opinión que puedan tener en La Habana: ya estarán preparando comunicados señalando que si no se alcanzó la paz con las FARC y con el ELN fue por culpa de Uribe. ¡Desde 1948 andan estos movimientos por las montañas de Colombia!

También estaba claro que con Uribe las conversaciones con los disidentes estaban estancadas. Incluso lo estaban con las voces más sensibles que pedían el intercambio humanitario. Sistemáticamente, las FARC le acusaban de «intransigencia innecesaria», a la vez que tampoco se mostraban excesivamente transigentes. Ya es hora de que vayan pensando en el 7 de agosto.

Madrid no ha querido ser amigo de Uribe, más por el burdo coqueteo que ha tenido con el dictador venezolano que por razones prácticas. A Chávez, para ayudar a mantener un equilibrio de fuerzas en la región, le vendimos modernas fragatas, a la vez que negábamos a Uribe la transacción de un batallón de carros AMX-30, material que él consideraba vital para asegurar el tránsito por sus carreteras y que podía ahorrar esfuerzos y vidas. A la vez, Chávez mantenía el equilibrio adquiriendo ingente material de guerra a Rusia, que ahora, con el precio del petróleo a la baja, no puede pagar. La leal amistad de Uribe con Aznar y ciertas afinidades en la forma de gobernar han podido ser causa también de este enfriamiento.

Colombia es un amigo leal. Miles de colombianos conviven con nosotros. Muchos sirven en nuestras propias Fuerzas Armadas y se han sacrificado por nosotros. Intentar poner barreras a estas circunstancias, que son más hondas que la propia hermandad entre los dos pueblos, es de ciegos. Hay que volver al peso específico que tuvo nuestra diplomacia en apoyar los procesos de pacificación y las inversiones españolas en Colombia , también hoy congeladas. También Madrid debe pensar en el 7 de agosto.

La sucesión no será difícil. Deberá cambiar el modelo de gestión, hoy muy personalizado en Uribe, para ir formando equipos de gobierno. Los candidatos en liza tienen buenas experiencias y han podido verificar cuáles son las ventajas y los inconvenientes del sistema que bajo el patrón de la seguridad democrática ha seguido su antecesor, que hasta ahora no se ha inclinado por ningún candidato.

Colombia, pese a los años de guerra interna y a que le han nacido estados dentro del Estado como las narcoguerrillas o los paramilitares, no ha perdido nunca su larga tradición de alternancia democrática. Acaba de reafirmarlo.Todos deseamos que la próxima cita electoral sirva para consolidar una sociedad colombiana más libre y más próspera. También todos nosotros debemos pensar en el 7 de agosto.

Artículo publicado el 9 de marzo de 2010 en www.elperiódico.com

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